Atrévete si quieres a no hacer nunca lo que debes

Mmod

Buscando un nuevo Futuro.
Por alguna razón, dándole vueltas a Haz lo que no debes, acabo una y otra vez en el Futuro. Ese Futuro que llenó buena parte del imaginario del siglo XX hasta aquel icónico “No Future!” en el God Save The Queen de los Sex Pistols. Era 1977, era un grito de rabia generacional y de clase, era la expresión joven y cruda de un país que caminaba hacia el desagüe y cayó en manos del más descarnado neo-liberalismo (Margaret Thatcher y su alumno Tony Blair).
Casi cuarenta años más tarde vivimos, hoy más que entonces, esa perspectiva sin horizonte. Solo que no la gritan un@s casi adolescentes cripto-situacionistas y con los dientes sucios, sino unos señores (porque casi siempre son señores) que visten corbata, peinan brillantina y prefieren no gritar en público, aunque lo hagan en privado.
El tipo de capitalismo que vivimos no contempla un futuro porque ha renunciado a sus propios principios. Las bases morales del capitalismo eran la Libertad del individuo, la asunción del Riesgo y la idea de Progreso. Dado que el capitalismo financiero no asume riesgos, sino que socializa hasta sus errores y que la misma idea de Libertad individual se cuestiona de mil maneras, apenas quedaba la idea de Progreso. Pero se nos cuenta que, siguiendo a Fukuyama (¡tan 80’s!), ya no hay Futuro, que solo nos espera un eterno Presente. Pero ¡ay!, sin Futuro no hay Progreso -¿hacia dónde progresar?- y así desaparece también la última piedra angular que sostenía al sistema.
La pregunta sería entonces ¿hay que recuperar el Futuro? Porque, ya está dicho, esa idea de futuro viene contaminada de origen. Era el Futuro imaginado por los ideólogos de la burguesía ya desde el principio de la Ilustración. Era el futuro del dinamismo capitalista, de su intrínseca necesidad de expansión, también en forma imperialista/colonialista. Un futuro basado en el productivismo, incapaz de planificar prácticamente nada excepto movimientos tácticos a corto, a veces medio plazo. Un futuro pintado en colores pastel donde todo el mundo sería cada vez más próspero y feliz. Ya sabemos que esto no es así, que la transferencia de Progreso/ Futuro hacia países como China, India o Brasil tampoco se está realizando: la verdadera transferencia, si no de Futuro, sí de los medios que pueden generarlo, es de la multitud hacia la oligarquía.
De ahí la pregunta: ¿Hemos de recuperar aquel futuro o imaginar otro Futuro? Y aquí entramos, o regresamos a Haz lo que no debes. Hoy en día, Hacer lo que debes es Hacer lo que no debes dentro de un orden, del Orden. No sea que el Orden te integre en sí mismo o te destierre a las tinieblas del Caos exterior.
Antoni Muntadas lo describía bastante bien “Operamos en el terreno protegido de las artes”. Y eso, aparte de estar cada día más amenazado, tiene, como todo terreno, unos límites.
Este hecho tiene consecuencias sobre el Futuro que queremos imaginar. Porque es imposible imaginarlo cabalmente desde dentro y perfectamente inefectivo hacerlo desde fuera. Una disyuntiva que no es en lo absoluto nueva. De hecho tiene un pedigrí que remonta a todo tipo de mitos de las vanguardias más visionarias. Y sigue lejos de estar resuelta.
Tal vez, el error venga de contemplar el mundo únicamente desde ese “terreno protegido” de las Artes Visuales (por muy Nuevas Prácticas que sean). Uno de los libros más interesantes sobre la resistencia intelectual eterna es sin duda Lipstick Traces, de Greil Marcus, nominalmente sobre música. Delirios incluidos, Marcus estudia el punk y el post-punk en una genealogía que llega casi a los Illuminati y pasa por Dada o el Situacionismo. Un linaje muy desesperado y marginal hasta, precisamente, llegar al Punk. El Punk, sus grupos, sus grafistas, sus estilistas, sus fotógrafos y sus escritores lograron triunfar, sobre todo mediáticamente. Una llamarada. El punk murió en apenas dos años y algo. Lo que tardaron las tiendas de Carnaby Street en cambiar caftanes por cazadoras de cuero con Cruces de Hierro. Lo normal y deseable. El agua clara, no nos hagamos ilusiones.
Pero el Punk no solo había traído un glam rock anfetaminado, nueva moda, mucho postureo y una provocación básica. Bajo esta superficie tan asimilable y asimilada, los tiempos del punk dejaron una carga de profundidad de enorme potencia. La idea de la independencia, de aquel Do It Yourself ensayado ya por los hippies y deformado en hip-capital. Incluso hasta nuestra era digital. De Rolling Stone o Tower Records hasta Facebook o Apple hay una tradición de capitalismo independiente y de apariencia más o menos maja. Un clásico en el que no hay mucho donde rascar, mismo perro y collar parecido.
Lo interesante es lo que comenzó a producirse luego, utilizando una estrategia heredada de la guerra del Vietnam, las “unidades pequeñas, móviles e inteligentes”. Esta unidades que, a diferencia de los comandos, no operan en suelo extraño ni enemigo, sino en terreno propio y conocido, han ido logrando que aceptemos como natural la existencia de sellos de discos que se entienden como una forma de vida y no de enriquecimiento, de grupos que se plantean su carrera como una profesión interesante y no como un viaje supersónico al estrellato, de promotores que sobreviven con dignidad sin pretender congregar a cientos de miles sino a unos cientos…
En realidad, en este y en otros capítulos, el mundo de lo que amplísimamente llamamos hoy pop ha desarrollado ya discursos teóricos, aunque no necesariamente académicos, para su negociación de las nuevas realidades tecnológico-comunicativas, que otras artes, con pocas excepciones como la Poesía, no han desarrollado de la misma manera.
Tanto el apropiacionismo post-moderno como la détournement situacionista han sido integrados en el pop desde sus formas más oportunistas hasta la experimentación más radical. Se ha investigado sobre lo retromaníaco de nuestro tiempo, de nuevo más en clave sociológica que puramente filosófica y un libro como Retromanía de Simon Reynolds se ha vendido mucho y al mismo tiempo resulta imprescindible en cualquier biblioteca de Estudios Culturales que se precie.
La carga de profundidad arrojada por el Punk para las generaciones posteriores sigue operando. Y de manera mucho más efectiva que otros ismos anteriores, de cuyo malditismo, a veces electivo se han tomado cantidad de datos para evitar antiguos errores. Sobre todo esa desconfianza y ese abierto y llano desprecio hacia el púbico que viene de Adorno para acá y que solo fueron corregidos en gran estilo con la postura de John Cage, quien tuvo el detalle de reintroducir al espectador/oyente como el sujeto principal de las Artes.
Porque esas, las personas, son las grietas en el sistema que puede y debe aprovechar el Viejo Topo de Shakespeare, Hegel, Marx, Lenin… La grieta es la misma gente y es esa gente la que legitima la música, lo mismo a Beyoncé que a Alva Noto, aunque habiten terrenos formales, mediáticos y conceptuales muy diferentes.
En música está muy claro desde hace tiempo que no es posible ni deseable mantener la ficción del trabajo fuera del sistema. Lo que se ha hecho es valorar mucho más finamente cómo funciona el sistema, cuáles son sus zonas menos controladas, como establecer redes DE personas EN instituciones, como aprender a colaborar y converger o de como operar entre lo institucional, lo comercial y lo subterráneo. No renunciando al enfrentamiento directo o la exigencia intelectual, pero tampoco llevándolos por bandera. De nuevo, aunque se hable con el Poder y con sus dispositivos como cárceles, hospitales o museos, el interlocutor real son las personas. Siguiendo a Max Neuhaus (uno de los primeros artistas sonoros, por otra parte): “El arte debe apelar a la sana curiosidad de las personas”.
Y así regresamos, para irnos ya deprisa a Lo que no debe hacerse. Algo que será un triunfo si logra excitar esa curiosidad en algunas personas. Si son muchas mejor, no hay miedo a las multitudes. Y, una vez reunidos por esa curiosidad, ser capaces de establecer un diálogo. Porque no se trata de ser unos malditos mosqueados con el mundo ni unos simpáticos donde el chiste se agota en la ocurrencia. Se trata de estar dentro y fuera, en la galería (o museo) y en la calle, atraer a las personas o ir a buscarlas. Ocupar cada vez más espacios.
Las torres de marfil y porfido, donde las culturas blanca y roja se han refugiado tanto tiempo igual siguen en pie. Pero son inanes, aisladas en la torrentera de los acontecimientos y las voluntades. Es ahí, en ese movimiento irrefrenable del torrente que libera zonas antes prohibidas, donde las Artes podrán encontrar un Futuro. No del todo nuevo, siempre hay adherencias de lo antiguo, pero sí impulsado junto a las personas. Sin ellas, ya se puede insultar o llorar, seguiremos en esta parálisis oligárquica que con aún nos permite habitar de cuando en cuando unas reservas cuyos límites, eso sí, procuran ir estrechando.
Según Tikkun, tras una larga y jaspeada disquisición sobre los dispositivos: “¿Seremos lo bastante fuertes y numerosos en la insurrección como para elaborar una rítmica que impida a los dispositivos reformarse, reabsorber lo advenido? … … … ¿Sabremos acordar nuestros actos con el pulso de la potencia, con la fluidez de los fenómenos? En cierto sentido, la cuestión revolucionaria será en adelante una cuestión musical”.

Jose Manuel Costa